*En la capital tlaxcalteca y de la mano de la antropóloga Lorena Lima, el Templo Rojo se convirtió no sólo en un refugio para comer y crear, sino un símbolo de resistencia y un pequeño pulmón cultural de la ciudad
Beto Pérez
Tlaxcala, Tlax.- Al llegar a la Plaza San Fernando, corazón del centro histórico de Tlaxcala, un destello rojo salta a la vista entre balcones coloniales.
Es el Templo Rojo, híbrido vivísimo de restaurante, galería y taller de gráfica que, a cuatro años de su apertura, funciona como un pequeño pulmón cultural de la ciudad.
Desde esos balcones puede verse sin obstáculos el parque principal, la torre de la Catedral e incluso la silueta lejana de La Malinche; el panorama basta para entender por qué quienes descubren el sitio suelen convertirlo en escala obligada para el precopeo, la sobremesa o la contemplación.
La historia comenzó en diciembre de 2021, cuando la antropóloga Lorena Lima —entonces dedicada a una ludoteca y a la gestión de eventos artísticos— decidió que Tlaxcala necesitaba un foro independiente para sus creadores.
“El arte es complicado, más en un estado tan tradicional como éste”, dice. La clave fue diseñar una “silla de cuatro patas”: talleres, galería, gastronomía y comunidad.
Con el apoyo de un pequeño consejo integrado por Jorge (dirección artística), Alonso (coordinación de gráfica) y Sam, su esposo y socio de cocina, Lorena alquiló un único local. La expansión llegó casi sola: se desocupaban cuartos en el mismo edificio y el equipo los tomaba como “señales divinas”.
Así pasaron de una barra de café modesta a tres espacios contiguos diferenciados, todos aún bajo el mismo nombre. El visitante puede llegar por cualquiera de las puertas y, sin importar la edad, encontrará un circuito diseñado para no soltarlo.
El recorrido inicia al entrar a la Plaza, donde se encuentra la galería, un pasillo de muros blancos donde cuelgan exposiciones rotativas de arte contemporáneo sin el trámite burocrático de las instituciones gubernamentales. Si el arte pretende incomodar, aquí puede hacerlo.
En la planta alta se resguarda el taller de gráfica: mesas manchadas de tinta, prensas taraceadas y la promesa de cuatro sesiones gratuitas para cualquier estudiante que muestre credencial.
Lorena decidió que ése sería el corazón pedagógico del proyecto: grabado en relieve y técnicas mixtas abiertas tanto a principiantes de secundaria como a adultos mayores que buscan desempolvar viejas habilidades.
En el piso superior se extiende el restaurante. El menú, tan móvil como el resto del proyecto, se decanta hoy por la comida callejera: pizzas de masa delgada, hamburguesas y una carta breve de cocina de autor que varía según la temporada.
Los horarios arrancan a la una de la tarde y se extienden hasta las once de la noche —una y media de la mañana los fines de semana— para facilitar el ritual del “precopeo”.
La sinergia está pensada al detalle: quien vino por la pizza descubre una inauguración y regresa a la semana siguiente a comprar un grabado; quien llegó por la serigrafía termina probando la hamburguesa de la casa.
Esa circulación constante ha diversificado un público que inicialmente se imaginaba entre preparatorianos y treintañeros, pero que hoy incluye jubilados que coleccionan gráfica y niños de primaria fascinados por los stickers. “Consumir arte no es sólo comprar obra”, explica Lorena; “también es preguntar por el autor del mural o llevarte un sello en la mano”.
La agenda del espacio es tan ecléctica como sus muros: pasarelas de moda, raves discretos, ciclos de “Drink & Draw” y “Print & Drink”, y la ambición de llevar la gráfica a la calle cuando el municipio otorgue el permiso.
La lucha —dice Lorena— es que el arte sea accesible: talleres con precio simbólico, becas para jóvenes y ferias donde los artistas puedan vender sin intermediarios. “El artista, el espacio y quien adquiere la obra se necesitan mutuamente para seguir resistiendo”, resume.
Quien busque a Templo Rojo en redes lo encontrará como Templo Rojo Pinacoteca en Facebook, TikTok e Instagram; quien prefiera la experiencia presencial sólo tiene que seguir la línea carmesí que resalta entre los portales de la Plaza San Fernando. Allí late una promesa sencilla y rotunda: en Tlaxcala, el arte también se come y la comida —con un buen trago y la vista correcta— puede convertirse en una obra que se recuerda.












